Me levanto con buen ánimo y disposición. Cambio dólares americanos en una Agencia de Cambio y tomo un trishaw para ir hasta los pies de la Montaña de Mandalay. En la entrada, dos enormes chinthé (animal mitológico mitad león mitad dragón). Para llegar hasta allí, hay que bordear el gran recinto del Palacio Real, y dependiendo desde donde uno proceda, es más conveniente dar la vuelta por la izquierda dejando el recinto a la derecha o por la derecha dejando ésta vez el recinto a la izquierda. En ese punto empieza una larga escalera cubierta que ha de llevarme hasta la cumbre de la Montaña de Mandalay. A lo largo de la escalera hay una hilera de tenderetes que aprovechan el paso de turistas y peregrinos para venderles sus artesanías y souvenirs. Se puede además encontrar comida y bebida. También pueden encontrarse pequeños recintos sagrados o templos y templetes donde los peregrinos se postran para meditar, rezar o simplemente permanecer en silencio.
A decir verdad no es de los lugares más bonitos que he visto. A lo lejos se oye una letanía budista, probablemente la recitación de algún texto sagrado que un monje transmite a través de un altavoz y que llega a todos los rincones de la montaña.
Como he visto en otras partes, en el soporte del tejado hay textos del tripitaka budista, para ser leídos por el peregrino a medida que avanza y sube esa escalera, como si al combinar la ascensión a la montaña y la lectura de los textos sagrados, el peregrino obtuviera también una elevación personal. Claro que yo soy incapaz de leer y comprender la lengua birmana.
Distintas representaciones de Buda se alternan y combinan con representaciones de los Nats, que son los espíritus de la antigua religión animista birmana.
Me llama poderosamente la atención una representación de unos hombres viejos que llegan donde hay un cadáver putrefacto. Encima de ese cadáver hay un buitre y un cuervo, mientras los gusanos salen de sus ombligo. Un monje sentado en posición de loto contempla esa escena impasible.
He encontrado poca gente que suba a pie, la gran cantidad de escalones que hay que encadenar hasta la cumbre. La mayoría lo hace en coche o en una camioneta. No obstante cualquiera que se lo proponga puede subir a pie sin ninguna dificultad. Además hay muchos sitios donde descansar i tomar un respiro, beber algo y así retomar fuerzas para seguir el camino.
Eso sí la subida hay que hacerla descalzo y el suelo no está precisamente muy limpio. Unas toallitas húmedas son de gran utilidad para limpiarse los pies después de la ascensión.
En la cima de la montaña, hay una pagoda con un Buda que está de pie, y señala con su brazo derecho la ciudad que se encuentra a sus pies, abajo en la llanura. Según la leyenda, estando Buda en la cima de aquella montaña auguró que en aquel lugar se fundaría la capital de un imperio. Y así fue como años más tarde se fundó la ciudad de Mandalay.
Desde la cima, las vistas de la ciudad de Mandalay son espléndidas, y si el cielo está claro puede contemplarse toda la ciudad, pues es la única montaña en medio de una larga y ancha llanura.
De vuelta abajo me espera el trishaw que he contratado para llevarme a visitar el antiguo Monasterio de Shwemandaw Kyaung. Destacan especialmente las tallas en madera tanto en el exterior como en el interior. Ricamente decorado, sirve para recordar lo que fué el antiguo Palacio de Mandalay, ya que formaba parte del antiguo conjunto palaciego. En su interior destacan las diez jatakhas que cuentan historias anteriores a la vida de Buda.
Regreso al hotel con el trishaw, tomo una buena ducha y salgo a cenar no lejos del hotel. Coincido con dos malagueños y un italiano que viajan juntos. Me pareció verles también en un restaurant de Nyaungshwe, aunque no puedo asegurarlo. Intercambiamos algunas opiniones sobre este viaje, y me comentan que lo mejor de Mandalay está en las afueras de la ciudad. Tomo buena nota, pues he contratado un taxi para ir mañana a la Montaña de Sagaing.
De camino al hotel después de cenar paso por delante de un templo hindú y entro para hacer una visita . Siempre he han llamado la atención los templos hindúes con su explosivo colorido y su iconografia tan llamativa y llena de simbolismo.
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